El Guggenheim, un diamante de titanio

El Guggenheim, un diamante de titanio

 

Desde hace quince años, cada vez que alguien cierra los ojos la imagen de Bilbao la ocupa su coloso de curvas de titanio acodado a orillas del río Nervión. Icono de la nueva modernidad, con el museo Guggenheimllegó el Renacimiento no ya de la villa bilbaína, sino de buena parte del Cantábrico español que abraza la llegada generosa de visitantes de todo el planeta como nunca antes lo había hecho. España, superpotencia mundial del turismo por sus exuberantes costas regadas con sol y dieta mediterránea, cuenta desde octubre de 1997 con un aliado irresistible en su flanco norte, capaz de colocar el eje septentrional de la Península en el mapa sublime de los circuitos internacionales del arte moderno y contemporáneo. Es el «efecto» llamada del Guggenheim, que ha festejado su decimoquinto cumpleaños en plena forma: con 1.014.104 de visitantes en 2012.

Lo cierto es que la construcción del museo bilbaíno, seguramente la joya arquitectónica más original y laureada de Frank Gehry, es ejemplo único de cómo un territorio gris y fabril sumido en la depresión de la severa reconversión industrial de los ochenta se reinventó a sí mismo y superó la crisis apostando fuerte por el arte. El periodista vasco Iñaki Esteban, autor del ensayo «El Efecto Guggenheim», ha glosado el impulso multidireccional ejercido por el museo en el despertar de una nueva ciudad. «Bilbao recobra su autoestima de manera similar a como Barcelona y Sevilla lo hicieron con los Juegos Olímpicos y la Expo», resume. Atrás quedaron las reticencias de quienes, entre una mayoría social y política, vieron en el proyecto «un dispendio de lujo inservible para señoritos finos», recuerda Esteban, que confirma el indiscutible éxito del museo en la transformación urbana, económica pero también cultural de su entorno, lo que le convierte en un motivo más de orgullo de la sociedad española.

Porque el gran museo vasco, con una fórmula de gestión vanguardista que le permite un índice de autofinanciación del 70 por ciento, ha logrado elevar la cultura (de masas) a la necesaria categoría de motor económico. Con una inversión inicial de 20.000 millones de pesetas (120 millones de euros) pronto las primeras previsiones de visitas anuales se triplicaron, y en su decimoquinto aniversario puede presumir de atraer a una media de un millón de personas al año. Hay un dato especialmente interesante: dos de cada tres son turistas extranjeros, la mayoría de ellos franceses, alemanes y norteamericanos, pero también de Yakarta, Seúl o Perth.

Son datos servidos en frío. Solo en 2012, el Guggenheim ha contribuido a generar unos 334 millones de euros de actividad económica, con 6.324 empleos mantenidos y unos ingresos adicionales para la hacienda vasca de 45,3 millones, según su memoria económica. «El fenómeno Guggenheim ha sido buscado, no es una sorpresa, aunque desde luego la magnitud ha sido mayor de lo nunca imaginado», concluye Juan Ignacio Vidarte, director del centro bilbaíno desde sus inicios, quien pese a su condición de economista no olvida la «contribución elemental» de la pinacoteca vasca a la cultura. «Ofrecemos a España, y a la Unión Europea en general, un museo de relevancia internacional en el panorama del arte moderno y contemporáneo», asegura.

Vidarte incorpora otro elemento en la balanza de resultado positivo incuestionable, la de una gestión en abanico, donde los más de 16.000 de «amigos del museo» y 120 empresas asociadas contribuyen al aporte de recursos. «Hemos contribuido modestamente a modernizar la estructura de gestión de los museos en España», señala el director, quien destaca que su alto grado de autosuficiencia les permite «estar más a cubierto» del frenazo de recursos públicos como el actual. Responsable también de la acción exterior de la Fundación R. Solomony su «casa madre» del Guggenheim de Nueva York, Vidarte sigue de cerca las múltiples tentativas de imitar el modelo bilbaíno en todo el mundo, como el centro de Abu Dabhi, cuya apertura se espera para dentro de «cuatro o cinco años», o el aparcado proyecto de Helsinki.

La influyente potencia tractora del museo ha sembrado de réplicas la cornisa cantábrica, desde el centro Niemeyer de Avilés, el esperadoespacio de Arte Botín firmado por Renzo Piano en Santander, elmuseo universitario de Pamplona de Rafael Moneo, o la infinitaCiudad de la Cultura de Santiago. Todos ellos se han subido a la «revolución cultural» del norte de España donde las artes tiran del carro de la economía.

La próxima apertura es la «joya» que en forma de Centro de Arte está edificando el arquitecto italiano Renzo Piano en Santander para la Fundación Botín. Se trata de un edificio acristalado de 6.000 metros cuadrados situado en la bahía santanderina, el primero en España del padre del centro Pompidou de París. «Vuela metafóricamente sobre el mar», describe el autor, llamado a emular con su firma las bondades que Gehry dejó en Bilbao. El equipamiento multidisciplinar, dotado de una inversión inicial de 77 millones, consta de un auditorio y una galería de exposiciones de 2.500 metros cuadrados en la que atrapar a 200.000 visitantes por año dando empleo a 650 personas en Cantabria. Previsto para 2014, se convertirá así en el corazón futuro del programa de la Fundación y, a la vez, sumará uno de los puntos cardinales del frente cultural que se extiende por el norte de España. Todo un conjunto cantábrico volcado a las artes, en el que un poco más al este asoma el museo universitario de Pamplona, con la firma de Rafael Moneo.

 

Fuente: ABC

http://www.abc.es/cultura/arte/20130304/abci-guggenheim-201303041702.html

 

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