Muerte no, dimisión sí.

Por unas declaraciones como las de Esperanza Aguirre, asegurando que a los arquitectos habría que matarlos, cualquier político debería dimitir. Desear la muerte a cualquiera, y más aún horas después de haber exigido responsabilidades a unos estudiantes por reclamársela públicamente a ella, es, sin matices, éticamente intolerable. Y, estamos de acuerdo con ella, legalmente punible. Daría igual que el colectivo contra el que hubiera arremetido fuera el de los libreros, el de los músicos o el de los propios verdugos. Y, por supuesto, da exactamente igual que lo haya declarado a micrófono cerrado, lo importante no es que lo haya dicho, lo fundamental es que lo piensa.

Ningún edificio público se levanta sin el apoyo, y muchas veces sin las trabas, de los políticos. Por lo tanto, un político que critica una obra levantada en su comunidad está haciendo autocrítica o terrorismo. En un momento en el que la mayoría de la población está desesperada frente a las maniobras de políticos (y banqueros) no hay lugar para metáforas. Resulta sumamente inoportuno llamar a la violencia. Un político no puede permitirse no sopesar las consecuencias de sus actos y de sus palabras. Pero además, Aguirre ejemplifica el cariz de la relación con la arquitectura de buena parte de la clase política: ignorancia y utilización para los propios intereses. La pregunta que nos hacemos los ciudadanos es ¿cómo se puede utilizar algo que se desconoce? Si su modelo está en Las Vegas todo queda dicho.

Aunque hay lugares y hubo tiempos en los que los poderosos comprendían, por filantropía o por mero sentido práctico, la necesidad no solo de levantar grandes monumentos sino también de erigir barrios dignos y saneados (como los que propició el príncipe Albert, marido de la reina Victoria), muy pocos políticos, actuales y españoles, critican la arquitectura con la que se levantan los bloques de extrarradio, los barrios fantasma en los que es complicado llevar una vida corriente, los pelotazos urbanísticos que hacen pasar por arquitectura lo que no es más que la vía de la excavadora como método para un enriquecimiento acelerado (para unos pocos) y para unas condiciones de vida insufribles (para otros muchos). Lo mal hecho, lo que es construcción y no arquitectura, no encuentra rechazo en boca de los políticos. O no lo conocen o no lo ven o no quieren verlo.

Es muy difícil que un político actual, del signo que sea, tenga tiempo para desarrollarse culturalmente, ocupados como están en profesar la religión del partido por encima de cualquier otra enseñanza. Tal vez no se les pueda exigir conocimiento, aunque hayan ocupado la plaza de ministra de cultura, pero –en este panorama de mínimos- sí se le debe exigir cautela para no hablar de lo que desconocen y educación para tratar con respeto lo que no entienden. Lo contrario es nada. Y esa nada aboca a una política, y a un país, que podría terminar mofándose públicamente del Quijote sin haberlo leído y sin haberse parado a buscar en él las raíces picarescas y humanas de nuestras ambiciones y de nuestra forma de ser.

No es cierto que el hecho de que la arquitectura puede cambiar la vida de la gente lo decidan los arquitectos. En la mayoría de las ocasiones lo deciden los políticos, señora Aguirre. De ahí que, de la misma manera que una persona sin formación, o una mínima atención musical, tendrá una vida más pobre, otra persona que no quiera reparar en cómo están trazadas las calles y levantados los edificios sabrá menos de su propia vida.

La arquitectura contemporánea está llena de lecturas, ideas y propuestas que consiguen explicar el paisaje y los lugares a quien aprende a leerlas -y, con ganas de mirar, se puede aprender en poco más de una visita-. La casa consistorial de Valdemaqueda que despertó la ira de Aguirre –trece años después de levantarse y tras haber acumulado enormes reconocimientos- no es un buen edificio por los galardones recibidos, lo es porque, como la mejor arquitectura, enseña a mirar. Explica que otro tipo de construcción es posible y que se puede respetar el paisaje y ayudar a cuajar la singularidad de un pueblo sin renunciar al futuro que representa el ascensor. La mejor arquitectura explica, conmueve y ayuda. Enseña a mirar. Eso sí, para mirar es necesario querer ver. Señora Aguirre, tenga la gallardía de ceder su puesto a un aspirante más motivado.

 

Fuente: El País

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