Arquitectura bioclimática.

Un edificio diseñado de acuerdo con los principios de la arquitectura bioclimática es un edificio desarrollado una lógica de sostenibilidad, en todas sus fases (desde la fase de proyecto, concepción, el uso y el final del uso). Está enmarcado en un ciclo de vida, da respuesta a sus necesidades programáticas, está adaptado a las características ambientales locales, es energéticamente eficiente, alcanzando fácilmente los niveles de confort con un consumo de energía bajo. De este modo, cada edificio posee así una  identidad propia.
 
Los principios de la arquitectura bioclimática no es más que adaptar el edificio a su realidad local. Fácilmente se desprende que no son, por estos motivos, principios estrictos. Son principios flexibles del modo de alcanzar el equilibrio deseado entre los varios elementos a tener en cuenta en todo el proceso.


La adaptación a las características ambientales locales es fundamental, siendo el sol uno de los principales elementos a considerar, ya que será la fuente de energía -ya sea en términos térmicos o en términos de iluminación- presente en todo el proceso y que, con su debido aprovechamiento, será la pieza clave para lograr el confort interior con medidas pasivas (sin consumo de energía). Conocer la ubicación para donde se proyectará asume así una importancia vital para tomar las mejores decisiones.


El lugar donde se encuentra el edificio, así como sus características, son también factores determinantes para su rendimiento energético y, por consiguiente, para el confort en el interior de sus usuarios. El clima, la orientación solar, el viento, la humedad, la temperatura, la radiación, la altitud, las características del terreno, su topografía, la vegetación, los recursos, la existencia o no de edificios cercanos, entre otros factores, son tenidos en cuenta para optimizar las soluciones y aprovechar su potencial. Existen muchas variables a lo largo de todo el proceso.

La elección del sistema constructivo debe considerar los elementos anteriores con el fin de responder con eficiencia al programa deseado de forma adecuada, con un buen rendimiento medioambiental y energético, donde las pérdidas y ganancias se compensan.


Los materiales elegidos deben ser cuidadosamente seleccionados de modo que sean respetuosos con el medio ambiente, con poca energía incorporada.


Por tanto, es fundamental orientar convenientemente el edificio, aislar de modo eficaz (preferiblemente en el exterior y continuo) para mitigar los cambios térmicos entre el interior y el exterior. Las superficies acristaladas deben ser correctamente dimensionadas (no sólo en relación con la orientación solar -para hacer uso de las ganancias térmicas- sino también de acuerdo con las necesidades de iluminación para cada espacio) y protegidas. La protección puede hacer uso de dispositivos móviles (por ejemplo, persianas) o fijos (por ejemplo, volados), siempre apropiado para el producto final resultante energéticamente eficiente y  se consiga el confort en el interior.

También será ventajoso desarrollar estrategias pasivas para lograr el confort interior ya que contribuyen al apropiado rendimiento energético del edificio. Estas estrategias/sistemas pasivos -sin consumo de energía- aprovechan las características climáticas. Van desde el control de la radiación solar (facilitando las ganancias o pérdidas térmicas), a partir de la inercia térmica del edificio (retardo y amortiguación)  promoviendo el aislamiento térmico de todo la envolvente construida -paredes, suelos y techos- minimizando así los intercambios térmicos entre interior y exterior, hasta la elección de cristales eficientes (apostando por el doble cristal y marcos con buen rendimiento energético) y el sombreamiento adecuado, como se ha comentado.

No siempre los sistemas pasivos pueden satisfacer todas las necesidades de energía. Si hay necesidad de sistemas activos, deben contar con fuentes de energía renovables.

La vegetación existente es también relevante. La existencia de árboles de hoja caduca es beneficiosa en la medida en que, en verano, su copa protege las superficies de cristal de la radiación solar directa y enfría el medio ambiente, y, en invierno, con la caída de las hojas permite la entrada de luz del sol, dando como resultado ganancias térmicas que contribuyen al confort interior.


Una vivienda construida de acuerdo a estos principios no es necesariamente más caro: al principio puede representar una inversión mayor, pero se recuperará durante su vida útil. Sus necesidades de energía serán reducidas y, puesto que el confort en el mismo se puede obtener fácilmente, la necesidad de un aparato de refrigeración será más pequeño, con el consiguiente ahorro en costos de energía mensual y contribuyendo a que la cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero para el medio ambiente sea menor.

Para cualquier sistema funcione, es importante que los usuarios sepan aprovechar todos los mecanismos existentes y utilizarlos correctamente. Su comportamiento, patrones de ocupación, cómo el calentamiento/enfriamiento de espacios es producido, el aprovechamiento del agua, los mecanismos de ventilación, el tipo de iluminación,... influirá en el rendimiento energético del edificio y contribuirá al confort higrotérmico.


Los aspectos que contribuyen a la sensación de confort son diversos, y son también variables de persona a persona. Para el confort higrotérmico se establecen puntos de referencia para registrar la temperatura interior y la humedad relativa, para asegurar el confort higrotérmico. Para la estación de calentamiento (periodo de invierno) debe producirse una temperatura de 20° C y en la estación de enfriamiento (período de verano), una temperatura de 25° C y 50% de humedad relativa. Debe además cumplirse una tasa de renovación de aire de 0,6 renovaciones por hora para asegurar la calidad del aire interior. Para que estos valores se cumplan, es importante no descuidar la calidad del entorno del edificio construido.

Fuente: Sustentable y sostenible

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