La vida en los patios, una visión etnológica

El patio en Córdoba nos remite a un singular estilo de vida, a un modo de relaciones interpersonales que, con el correr de los años, llegan a convertirlo en una gran sala de estar para la expansión en común. Era, sobre todo, el lugar de convivencia o espacio nuclear de estas viviendas colectivas donde las relaciones humanas y sociales se hicieron mucho más estrechas.

Los patios de las casas de vecinos, destinadas a recibir los servicios de los que carecían las propias viviendas y articular la convivencia de sus moradores, constituyeron el escenario natural de rituales y costumbres asociados al propio ciclo vital de los individuos que en ellos vivieron. Allí se hicieron patentes, mediante el ceremonial de los comportamientos, las sucesivas fronteras de los diferentes ámbitos que integraban la vida colectiva --nosotros/ellos, dentro/fuera, personal/social, íntimo/público, masculino/femenino, conyugal/familiar--, así como las diversas costumbres y fiestas.

Es a partir de la crisis ocasionada por la industrialización cuando, como consecuencia del proceso de migración del campo a la ciudad, se produce un incremento de la población. Fue un autentico aluvión de gente que dejó patente el déficit de edificios habitables y que dio lugar al desarrollo de viviendas colectivas de alquiler, bien de nueva construcción, bien por subdivisión de grandes inmuebles unifamiliares, o bien por adaptación y/o reaprovechamiento de inmuebles no residenciales, que intentarán dar solución a los problemas de vivienda. Son el modelo de casas de vecinos que proliferan a partir de ese momento, con sus singularidades propias, con su modelo de vivencia y de convivencia en comunidad. Esta multiplicidad no fue sino la respuesta económica y socio-cultural de los sectores sociales urbanos más desfavorecidos ante la evidente escasez de viviendas. Igualmente, en la posguerra se acentuaron las dificultades ya existentes del problema de la vivienda en Córdoba.

La tradición oral y las referencias bibliográficas que se tienen de las casas de vecinos, desde el siglo XIX hasta mediados del XX, hacen referencia siempre a un singular estilo de vida. Aquí, se crean unos modelos de relaciones inexistentes en otros tipos de viviendas, pues la propia estructuración de la casa, en la que el espacio que ocupa cada familia se reduce a una o dos habitaciones, condiciona al grupo a realizar una gran parte de sus actividades en los espacios comunes. Las condiciones de habitabilidad de estas viviendas eran muy deficientes. Referencia a ello la hemos encontrado, en el concurso de patios de 2012, en un texto que aparecía en la casa de la plaza de las Tazas: "A finales del siglo XIX el antiguo Picadero de caballos que había en el barrio de la Magdalena pasa a ser una casa de vecinos convirtiéndose para ello las cuadras en maravillosas habitaciones encaladas y adecuadas para acoger cada una a una familia completa. El patio cuadrado queda en el centro rodeado completamente por las habitaciones alineadas con su pequeña galería corrida por delante sostenida por las columnas delgadas de hierro. En medio del patio las pilas de lavar y el pozo. En el rincón más alejado las letrinas, y cada vivienda tenía su fogón de carbón en la parte correspondiente de galería. Lavar y cocinar lo hacían las mujeres siempre acompañadas las unas de las otras y mientras se cantaba o se escuchaban coplas en la radio. Las plantas y las flores en macetas y pequeños arriates llenaban todo el espacio posible y escalaban por las paredes-".

 

Lugares para la vida

 

Los patios de estas casas tuvieron la función de acoger los servicios de uso común y compartido de las múltiples habitaciones de las unidades familiares que habitaron el edificio. El patio es ese espacio común a todos y que asume el protagonismo de la vida de la casa de vecinos. Son pues lugares para la vida, y en ese espacio privativo interior, ya sea unifamiliar o vecinal, es donde se desarrolla gran parte del tiempo comunitario: hizo de plazuela y de distribuidor de dependencias de la vivienda, de jardín y de espacio de trabajo, y, cómo no, hizo de huerto y de lugar de juegos de los más pequeños. Fue el elemento determinante de la casa pues la gran mayoría de las actividades giraron en torno a él y, como afirman Larriva y Rioboó, constituyó la "pieza clave de la expresión del gusto y la estética familiar, donde se vuelcan todos los esfuerzos arquitectónicos y decorativos de la casa", pues aparte de ser la prolongación de la vivienda es el lugar para la convivencia comunitaria y de celebración colectiva, para la recepción de amigos del barrio y de las familias que "vienen de visita", así como para la celebración de fiestas y otros rituales.

Pero el patio también es ese espacio para las discusiones que, algunas informantes, consideraban "el pan nuestro de cada día". Allí, a todos los miembros de la familia les afectaba su escasez de recursos pero, sin duda, lo que más afectaba a la convivencia de estas personas era el problema del hacinamiento y, como consecuencia del mismo, la propia ausencia de intimidad. En este ambiente de comunidad existían, junto a los acontecimientos y días festivos, que se celebraban compartiendo un perol, unas migas o una caracolá en un clima de gran cordialidad, había otras muchas circunstancias que en la vida cotidiana motivaban riñas y no pocas peleas. Discusiones que la mayoría de las veces se olvidaban de un día para otro, puesto que en cada momento podían surgir otras nuevas tensiones, bien por utilizar la cocina en común, o bien por los turnos acordados para el fuego, así como por lo reducida dimensión de las mismas. Igualmente las horas en común de preparación de comidas, junto a la del lavado, arreglo de macetas y ratos de tertulia eran algunos de los momentos en los que las mujeres estrechaban sus relaciones.

Aunque la convivencia era difícil, las mujeres por aquel entonces se sienten parte de un grupo concreto y diferente. Tenían conciencia de unidad, habiendo que destacar que fueron ellas las que "regentaban" la cotidianidad de las casas, las que se organizaban para compartir los turnos. Así, cada día, una de las vecinas se encargaba de la limpieza del patio y de los servicios, de las galerías o bien del portal. Ellas organizaban la casa a su gusto, colocaban las macetas y blanqueaban.

En estas casas de vecindad, todas estas normas se transmitían a través de una comunicación no verbal, dándose una dimensión oculta de la cultura popular, en la que había que descubrir esos modos de comunicación implícitos y no orales. Era una gramática cultural que determinaba la manera en la que los individuos percibían su entorno, definían sus valores y establecían su ritmo de vida. Esta cultura se elaboraba manteniendo su poder de exclusión, como si de un mundo cerrado habláramos, donde las reglas de convivencia se comprendían solamente entre las personas que compartían unos mismos referentes. Esta comunión y convivencia que se daba en la comunidad que vivía en los patios era pues, específicamente, un fenómeno urbano y no rural. La mujer, elemento clave en la vida familiar, también lo fue en la vida de los patios, puesto que vivía más tiempo en la casa. La mujer marcaba así los ritmos de uso de estos espacios, tanto privados como comunales.

En estos contextos de proximidad se simultaneaban las incomodidades de la vida vecinal con las ventajas que esta misma proporciona a los vecinos, pues estos están siempre presentes en los momentos de necesidad llegando, en unos casos, a crear lazos afectivos tan importantes como los familiares

El patio era el lugar de convivencia, espacio de la celebración festiva en común y con alguna que otra disputa. Esa micro sociedad era más un lugar de encuentro que de discordia, donde se favorecían unos vínculos de reciprocidad, solidaridad y ayuda mutua, y donde no todas las relaciones fueron tan fraternales y típicas como las de los "días de vino y rosas".

 

Fuente: Diario Córdoba

 

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