Hacia un futuro con edificios sensibles.

Hay una fervorosa tendencia a construir ciudades verdes con paredes y techos vivos y granjas urbanas en los rascacielos. Así se puede mejorar la vida urbana, que en 2050 contendrá a dos tercios de la población mundial.

En un inesperado día de calor, me he puesto a pensar en los iglúes. Para tomar un poco de fresco, naturalmente, pero también porque admiro su elemental simplicidad. Los inuit tradicionalmente usaban cuchillos de hueso para tallar ladrillos de canteras de nieve endurecida. Un túnel bajo y corto llevaba a la puerta de entrada, atrapando el calor adentro y dejando afuera el terrible frío y los animales. No se necesitaba argamasa porque los ladrillos de nieve se rebanaban hasta que encajaran perfectamente, y de noche la cúpula se osificaba hasta convertirse en un reluciente fuerte de hielo. El calor humano del interior fundía el hielo tanto como para sellar las uniones.

La idea básica de estas viviendas era proteger los elementos y de los depredadores y se basaba en un cuidadoso conocimiento de ambos. El iglú era una prolongación del yo –omóplatos de nieve y espina dorsal de hielo, bajo los cuales una familia dormía, envuelta en gruesas pieles de animales, junto a una o dos lámparas de grasa de ballena–. Todos los materiales de construcción estaban a mano, perpetuamente reciclados, y sólo costaban el esfuerzo de obtenerlos.

Comparemos con las casas y edificios de departamentos de hoy –llenos de ángulos agudos, iluminados por luces y colores que no vemos en la naturaleza, construidos con madera terciada, linóleo, hierro, cemento y vidrio. Pese a su estilo, eficiencia y quizá buena ubicación, no siempre nos ofrecen la sensación de ser un santuario, un lugar de descanso o de bienestar. Como no podemos evitar nuestro ancestral deseo de vivir en contacto con la naturaleza, rodeamos la casa de césped y jardines, instalamos ventanales panorámicos, adoptamos mascotas y helechos y perfumamos todo lo que toca nuestra vida.

Esta tradición de hacer y deshacer no tiene sentido ni promueve una vida sana o un planeta sostenible. Por eso, en todo el mundo hay una fervorosa tendencia a construir ciudades verdes con paredes y techos vivos y granjas urbanas en los rascacielos. En este paisaje urbano se desdibuja la línea divisoria entre el interior y el exterior.

Surgen por todas partes jardines verticales y techos vivos. Un tapiz de plantas florecidas adorna las paredes exteriores del Museo Quai Branly de París. Dentro del centro comercial Dolve Vita de Lisboa ondula un afelpado prado vertical. En el Café Trussardi de Milán, los comensales se sientan en un patio en forma de caja de vidrio bajo una insinuación de cielo: una vibrante nube de encrespadas hojas verdes y cascadas de enredaderas y flores. The Plant, el antiguo edificio de un frigorífico de Chicago, se ha transformado en una granja ecológica habitada por cultivadores de hongos y hortalizas hidropónicas.

Patrick Blanc, botánico y pionero del jardín vertical (cuya casa en los suburbios de París tiene paredes que crecen y un piso que es un acuario), diseñó o inspiró las paredes vivas del nuevo Jardín Botánico de Nueva York y un edificio de departamentos de lujo de Sidney, entre docenas de empresas, viviendas, escuelas y museos, cuyas paredes susurran y florecen. El objetivo es lograr casas y espacios públicos que sean organismos vivos que limpien el aire de contaminantes, aumenten el oxígeno, reduzcan el ruido, ahorren energía y renueven el espíritu. Los techos sembrados con uña de gato y otras plantas suculentas florecen, cambian de color con las estaciones, son un hábitat para las aves y, lo que es más importante, reflejan el calor.

Las grandes ciudades son puntos calientes, ya que en promedio tienen de 3 a 8 grados más que las áreas rurales circundantes. En algunos días de verano en Nueva York, el aire se siente pesado, como las exhalaciones combinadas de 8 millones de almas. El vapor que sale de los respiraderos subterráneos nos lleva a preguntaros si no hay una gigantesca glándula sudorípara bajo la ciudad.

Algo que preocupa mucho a los ambientalistas es la cantidad sin precedentes de personas que huyen de los suburbios y optan por la vida urbana. En la actualidad, 3.500 millones de personas viven en ciudades, y los científicos pronostican que para 2050 las ciudades albergarán a las dos terceras partes de la población mundial y también la mayor parte de la contaminación.

Conforme la gente se vuelca a centros urbanos donde el espacio es limitado, las ciudades con paredes y techos verdes y las huertas de los rascacielos ofrecen bienestar y salud, recursos renovables, una provisión confiable de alimentos y alivio al medio ambiente.

Un edificio vivo es una entidad que tiene su propio metabolismo, que necesita que un cerebro lo alimente. Podría tratarse de un ser humano o, mejor aún, de un robot que se ocupe del techo de hierbas, de las paredes de césped y de la familia humana con el mismo celo, y que sepa escuchar. Las “casas inteligentes” ya cuentan con muchos timbres y alarmas que hacen sonar astutos cerebros informáticos. La inteligencia artificial se desarrolla con rapidez, así como los robots cuyas expresiones faciales pueden generar empatía y hacer vibrar nuestras neuronas especulares.

Es fácil imaginar el día, anticipado por películas como Blade Runner y 2001: Odisea del espacio, en que las computadoras sientan orgullo, paranoia, amor, melancolía, ira y otras emociones de nuestros corazones de carbono. Ahí sí que se pondrá al rojo vivo la ya acalorada discusión sobre la conciencia de las máquinas.

En el cuento de ciencia ficción de J.G. Ballard “Los mil sueños de Stellavista”, hay casas psico-sensibles a las que las neurosis de los dueños pueden llevar a la histeria. Imaginen lo que sería tener paredes que transpiren de ansiedad, una escalera cubierta de enredaderas que lanzaran cantos fúnebres cuando muriera un habitante de la casa, un techo con las uniones desgastadas por una leve sensación de abandono. Hay veces que juraría que ya estoy viviendo en esa casa.

 

Fuente: Ecohabitar

 

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